Note la autoridad de Jesús en mandar a los setenta con poder para echar a los demonios y sanar a los enfermos (Lucas 10:1, 3, 9, 17). Note también su autoridad para anunciar el juicio divino contra ciudades enteras (Lucas 10:13-15). Note que se describe como “más que Salomón” y “más que Jonás” (Lucas 11:31, 32). Y sobre todo, note la relación única y exclusiva que tiene con el Padre, una relación que ningún otro puede declarar.
“Todas las cosas me fueron entregados por mi Padre” (Lucas 10:22). ¡Es una autoridad completa y única sobre todo el universo! ¿Quién más podría atreverse a declarar eso?
“Y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre” (Lucas 10:22). Aquí no habla Jesús como nosotros tendemos a decir: Sólo Dios conoce los pensamientos de uno. Habla de un conocimiento exclusivo entre el Hijo y el Padre que no se compara con la relación de ningún otro con Dios. Y vemos que este conocimiento exclusivo es mutuo también, porque Jesús continúa por decir: Ni [nadie conoce] quién es el Padre, sino el Hijo (Lucas 10:22). Es decir, el conocimiento de Jesús del Padre es superior al de cualquier profeta, sabio o varón de Dios.
Y este conocimiento exclusivo y mutuo está disponible a los demás… pero sólo por medio de Jesucristo: Ni [nadie conoce] quién es el Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Lucas 10:22). Aquí Jesús anuncia de acuerdo con sus palabras en el evangelio de Juan: Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí (Juan 14:6).
¿Reconoce usted en Jesús la autoridad no sólo de un profeta, ni sólo de un hombre bueno, sino del Hijo de Dios, el único por quien conocemos al Padre?
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